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No nos queda otra opción que resignarnos, no encontramos llamadas esperanzadoras sino de llanto, somos reos del miedo y nuestra vida se ve condicionada por una atroz sensación de fragilidad estando a merced del pánico, el mundo vive pendiente y condicionado a la hora de hacer o no hacer con normalidad en función de sus manifestaciones, tenemos sentimientos de vulnerabilidad ante la vida y un estado de alerta generalizado que deriva en la distimia más absoluta… ¿Suena razonable o toda una locura digna de la mejo...
No nos queda otra opción que resignarnos, no encontramos llamadas esperanzadoras sino de llanto, somos reos del miedo y nuestra vida se ve condicionada por una atroz sensación de fragilidad estando a merced del pánico, el mundo vive pendiente y condicionado a la hora de hacer o no hacer con normalidad en función de sus manifestaciones, tenemos sentimientos de vulnerabilidad ante la vida y un estado de alerta generalizado que deriva en la distimia más absoluta… ¿Suena razonable o toda una locura digna de la mejor película de ciencia ficción?
El terrorismo contemporáneo puede generar en la sociedad todos estos pensamientos, enmarcándolos dentro de una rotunda indefensión aprendida (convicción creada tras repetidas frustraciones, que genera la creencia que la realidad no es modificable y por tanto, sólo queda esperar pasivamente a que vuelva a ocurrir lo peor) ante la presente manifestación de atentados a nivel internacional de alto impacto social y de gran calibre deshumanizador, pudiendo anular la capacidad de toma de control de muchas personas por la interpretación cognitiva y emocional de estas vivencias, ya se hagan a nivel personal como empática. El terrorismo es uno de los principales problemas de nuestro tiempo y los terroristas tienen acaparada nuestra atención ya que en mayor o menor medida, todos nos encontramos viviendo con miedo en aeropuertos o estaciones de transporte abarrotadas, las fronteras están inquietas y los centros comerciales respiran incertidumbre.
Se puede aprender a no tener esperanza a la hora de controlar una situación aversiva hasta llegar a no responder ante ella por mucho sufrimiento que esta nos esté generando. Podemos remitimos a los campos de concentración para evidenciar de manera clara dicha indefensión: era tal el aprendizaje que los castigos no estaban relacionados con la conducta (hicieran lo que hicieran no había una norma a seguir para evitarlos) y la consecuente creencia de no poder hacer nada para controlarlos, que intentar encontrar una respuesta funcional que les librase de ellos para poder salir de allí, era algo impensable a pesar de darse oportunidades para hacerlo. La indefensión aprendida les generaba tal reducción de motivación y falta de percepción de control sobre lo que les rodeaba, que llegaban a ver las puertas del campo abiertas, ser millones de recluidos y aún pudiendo unirse a favor de una potente causa común… no hacer absolutamente nada.
La indefensión aprendida tiene su origen en una percepción subjetiva de pérdida. Diversos estudios experimentales coinciden en una consideración: nuestra capacidad de adaptación al medio viene determinada en un 30 por ciento por factores genéticos y el resto es cosa nuestra, depende de todo lo que ocurre a partir del nacimiento (experiencia, ambiente, etc.), de manera que aunque factores genéticos y ambientales nos influyan, una motivación que nos apasione o una firme creencia, normalmente será más potente que cualquier instinto. Esto es aplicable en positivo como en negativo, de manera que tanto los terroristas pueden sentir esa pasión por conseguir una masacre como el resto de la sociedad por sus ideales, compromiso y valentía común.
El terrorismo en la actualidad se nutre de la diversidad grupal en torno a una creencia irracional, fanatismo, brutalidad global ante el sistema mundial, la difusión de las redes sociales y los medios de comunicación. Su objetivo es tan concreto como etéreo: el mundo. ¿Quién puede competir contra la irracionalidad del fanatismo?, ¿Quién puede equipararse ante aquellos que no tienen nada que perder porque su lucha es contra todos y pese a todo?, ¿Qué se puede hacer sino resignarse ante un terrorismo abierto a la destrucción e indiscriminación?. La intención, medios y oportunidades son sus agentes de intervención pero, ¿Cuáles son los nuestros? ¿Qué podemos hacer ante semejante disparate global?:
- Empoderarnos desde el sentimiento de pertenencia.
- Reforzar nuestro del locus de control interno.
- Establecer objetivos concretos, alcanzables y comunes mediante acciones simples.
- Generar pensamiento global y acción local.
- No esperar milagros ni soluciones que estén fuera de nuestra acción grupal.
- Liderar la educación como antídoto contra la ignorancia, fundamentalismo e intolerancia.
Hace unas semanas tuvo lugar la reanudación del concierto fatalmente interrumpido por los atentados terroristas de París en la sala Bataclan el 13 de noviembre del 2015. Qué mejor antídoto contra la indefensión, que mostrar al mundo la unión y control frente al terrorismo. El concierto por decisión del grupo, sin miedo y de frente, ahora sí… ha terminado. El problema del terrorismo es complejo y una solución eficaz también. La cooperación social basada en un objetivo común, la activación de mecanismos funcionales mediante los que actuar contra él (negación de apoyo financiero, dificultad de acceso a los medios y redes sociales, manifestaciones, etc.) y el apoyo visible de las instituciones que trabajan por preservar la libertad ciudadana, son antídotos para empoderar a la sociedad y, por tanto, preservarla de una indefensión aprendida muy recurrente cuando cada día cuesta más mirar al mundo de cara y reconocer aquello que lo hace humano.
BIBLIOGRAFÍA:
- LAQUEUR, Walter (2003): La guerra sin fin: Terrorismo del siglo XXI. Destino.
- LAQUEUR, Walter (2003): Una historia del terrorismo. Paidós.